Life tap

En mis tempranos veinte jugué mucho World of Warcraft. Y no, no me refiero a subir un par de niveles, reírme con amigos y listo a otra cosa. No, en mi caso jugaba mucho de verdad. Horas y horas y horas. Hubo momentos donde me atrevo a decir que toda mi vida social pasaba por este MMO.

Empecé a jugar con amigos y mi novio de ese entonces, gente de uno de mis primeros trabajos formales como QA, en Gameloft, pero al poco tiempo me separé y quedé a la deriva, sola.

Corrían los tiempos de la primer expansión, Burning Crusade, así que cada tanto lograba pegar algún raid de Karazhan, the Eye e incluso Black Temple.

Mi personaje era un warlock, es español brujo. Siento que brujo no representa con la misma sutileza la naturaleza del warlock. Siempre fue un personaje de diseño egoísta, que solo sirve para hacer la mayor cantidad de daño y destrucción. Si en el WoW existen los 10x engineer definitivamente esta clase está a la cabeza de esa definición.

Mi elección de personaje fue completamente intencional. No me gustan los roles de soporte en los juegos porque históricamente se asume que las mujeres los preferimos. Esta idea de qué lo maternal y el cuidado nos sale natural. No. Belén de veinte años no tenía intenciones de maternar a ningún tanque guerrero para que se quede con la gloria. Belén de veinte años se las iba a arreglar sola, con fuego.

Los warlock son por definición usuarios de magia, pero tienen otra particularidad, que los separa de los magos y es el tipo de magia que utilizan. Por su lado los magos utilizan las fuerzas arcanas o elementales en cambio los brujos prefieren otros tipos, las maldiciones, las invocaciones demoníacas y el fuego. Algunos de los hechizos más populares de esa época tenían nombres fantásticos como "curse of doom", "chaosbolt" o "conflagrate"

¿Estan empezando a notar un patrón?

Mi personaje principal era entonces, un warlock. Una elfa warlock para ser precisos. Se llamaba Sairamarth, nombre que salió de mezclar un generador de nombres élficos con la palabra Amarth, que en sindarin (uno de los muchos lenguajes que inventó Tolkien) significa perdición (en inglés: doom). Si alguna vez se preguntaron de donde salió mi nombre en redes pueden culpar a Sairamarth.

Con este contexto volvamos a nuestra historia. Me había quedado sola, pero apenas llegó la segunda expansión, Wrath of the Lich King, encontré una hermandad y empecé a hacer amigos. Amigos online, en esa época no llegué a conocer a ninguno en vivo, la mayoría eran de México o Chile. Hacíamos progresión con horarios fijos, dos o tres veces por semana nos juntábamos de noche, después de cenar, y nos enfrentábamos con todo lo que se pusiera en nuestro camino. Mi situación laboral en ese momento era bastante precaria y mi vida estaba bastante teñida por el drama de lidiar con una enfermedad mental en la familia. No me da vergüenza admitir que durante mucho tiempo tener ese escape de la realidad me ayudó a sobrevivir el afuera.

Sairamarth brillaba en el campo de batalla. Siempre al tope en todas las métricas, con su equipo perfecto, el mejor que podía conseguir. Siempre optimizando la rotación de hechizos para causar el mayor daño posible, le daba pelea a los magos y cazadores del grupo por el primer puesto.

Para lograr esto había un factor muy especifico de los warlocks. Recuerdan que les dije que se basan en su capacidad de destruir, bueno, en vez de tener la capacidad de curarse los brujos tenían un hechizo, life tap, que les hace daño. En este caso, el daño les ayuda a conseguir otro recurso, mana, y con eso continuar utilizando magia de forma continua.

Jugar un warlock era entonces un maratón continuo de lanzar maldiciones, prender fuego cosas y life tap. Una y otra vez. Fuego, maldición, quemarse la propia vida por un segundo de gloria.

Jugué al WoW alrededor de cinco años de forma cada vez menos intensa. Eventualmente logré acomodar un poco mi vida y lo necesité menos. Me di cuenta que tenía que dejarlo del todo cuando entendí que al imaginarme en el futuro con una vida exitosa el WoW nunca era parte de esa fantasía.

Pero Sairamarth siempre se quedó conmigo, como una parte de mí. Me enseño a ser competitiva y a usar los recursos que hagan falta para ganar incluso cuando no son los más cómodos o agradables. Me dejó su life tap. Y a veces cuando logro cortar un poco con la vorágine de productividad constante, cuando logro sentarme a descansar, a permitirme no hacer nada, me pregunto hasta que punto ese hechizo no es real y me estoy, muy literalmente, quemando la vida en función de producir.

Ultimamente pienso mucho en eso, y en ella. Hasta qué punto perseguimos objetivos porque son parte de nuestro criterio de éxito personal y que tanto vale la pena dejarlo todo por ir a buscarlos. Qué cosas estamos perdiendo en el camino. Porque a diferencia del WoW, en la realidad no podemos volver atrás y recuperar la vida perdida. Lo que se fue ya está perdido y vendrán otras cosas pero no son las mismas.

Así que, de todo esto queda la conclusión de que a veces hasta un warlock necesita parar y oler las flores. Pensar qué vale la pena, hacerse un tecito, y mirar un poco netflix. Los malos van a seguir ahí mañana para cuando toque ir a pelear. O no, no van a estar, pero quizás eso tampoco es tan importante.

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